Borges vs. Gombrowicz: Entre literatos nos odiamos

Las peleas entre escritores son la comidilla de los círculos literarios, algunas otras sólo son rumores entre las tertulias y las pláticas de intelectuales. En Argentina hay una muy conocida y que siempre ha dado de qué hablar: el escritor polaco Witold Gombrowicz contra Jorge Luis Borges. Gombrowicz fue un autoexiliado, un día de 1939 llegó a Argentina para traducir su novela al español. Sin embargo, nunca imaginó que durante su estancia en el país sudamericano estallaría la Segunda Guerra Mundial y Alemania invadiría Polonia. De unos meses, pasó a quedarse más de veinte años.

Si bien Gombrowicz ya tenía cierto reconocimiento en Europa, en América sobrevivió al principio con el poco dinero que recibía por los artículos y columnas que escribía para periódicos. Posteriormente obtuvo mejores empleos y se dedicó a la labor literaria a la que prontamente le surgieron seguidores, aunque siempre fue considerado como un autor underground. Su contacto con Borges –quien para entonces se había convertido en un escritor de culto y su fama era de alcance internacional– se dio siempre en fugacidades, como las veces que le gritaba “¡Aquí Gombrowicz!”, del otro lado de la banqueta.

Otros dicen que en realidad a Gombrowicz nunca le importó ser un escritor famoso en Argentina, detestaba las reuniones de los círculos literarios y hablaba pestes de la escritura canon de la época. Aunque el sentimiento era mutuo, la crítica siempre odió a Witold Gombrowicz, le molestaba sus declaraciones y que no sintiera la necesidad de aceptación; en cambio, Gombrowicz siempre prefirió el ensimismamiento en los cafetines de la Avenida de Mayo y la lectura concienzuda y despadazante de sus coetáneos. Fue ahí cuando la pugna entre Borges y el autor polaco tuvieron sus primeros dimes y diretes.

Nadie sabe quién inició la pelea. Muchos aseguran que fue Gombrowicz cuando se enteró de que Borges había detestado su novela Ferdydurke, de la cual dijo que no duró ni diez minutos leyendo antes de tener ganas de leer otros libros; advertía la trama del libro y podía adivinar el desenlace. Gombrowicz, por su lado, decía que Borges como autor era medianamente bueno, pero el “Borges hablado” era peor, aburrido, rimbombante y ególatra a morir.

Nadie sabe cuánto duró esta descalificación mutua. Algo es seguro, Borges hablaba de todos, su palabra era ley dentro de las reuniones de escritores. El día que Grombowicz regresaba a Europa, a punto de subir al barco, le preguntaron acerca de qué se necesitaba para adquirir la madurez literaria en Argentina. Él sólo respondió: “¡Maten a Borges!”.

Por Tonatiuh Higareda

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