El Shāhnāmé: un libro que ha sobrevivido a todas las guerras

Según las palabras del hidalgo ahora una historia

voy a rimar siguiendo la crónica antigua.

Estas viejas historias ahora gracias a mí

nuevas resultarán en las reuniones

y si mi vida es larga y aún sigo

en este placentero mundo largo tiempo

quedará de mí un frutal

que lloverá sus frutos al césped sin cesar.

Historia de Siawash

Ferdousi

Antes de renunciar al mundo de los vivos, mi padre me habló de ciertas culturas antiguas, una de ellas fue la persa. Recuerdo su voz ronca debido al tabaco cubano y sus dientes amarillos por el café chiapaneco, cuando me contaba sobre las aventuras de Rostam.

     Me gustaba la forma en que relataba cada aventura, mientras yo ponía mi cabeza sobre uno de sus hombros cerrando los ojos para imaginar cómo sería el pájaro Simorgh, o el caballo de Rostam, de nombre Rajsh peleando contra un león. Hablaba de Ferdousi al igual que de Cervantes, e incluso le gustaba hacer las voces de los diferentes personajes para que le pusiera atención. Es uno de los pocos recuerdos que aún conservo de él.

El-libro-de-los-reyes-uno

     Años más tarde conocí a Sudabeh en una clase de literatura medieval en la universidad, ella venía de intercambio de Irán. Media 1.60 y pesaba 55 kilos.

     Su pelo era negro, rizado y abundante, la piel color ambulancia, los ojos de un tono esmeralda y hablaba con dificultad el español. Cierta ocasión, en que no podía dormir, me contó sobre el Shāhnāmé, el libro más importante para el mundo de habla persa. La pasión con la que hablaba de Zal, de Rostam y de su hijo Sohrab me hizo acurrucarme entre su pecho y escuchar los sonidos formando palabras que su boca ahora expresaba.

     Sudabeh mencionó que los persas son el pueblo más rico en tradiciones populares de todo el Oriente. Además de que el primer ensayo de reunión de estas tradiciones fue hecho en el siglo VI. También explicó que el Shāhnāmé es la obra maestra de la literatura farsi de todas las épocas. No sólo porque al no sobrevivir ni un solo manuscrito después de la invasión de Alejandro (a quien se le dedica una parte en el libro) ni de la conquista de los árabes es el único sustituto para hablar así de un Irán anterior al Islam, sino porque es un libro que recupera de manera magistral las costumbres, la política y del zoroastrismo. Su carácter épico es comparable con La Ilíada y La Odisea de Homero.

     En el Shāhnāmé se representa la eterna lucha entre el bien y el mal, de resonancias masdeístas, en donde Irán y Turan llevan cientos de años peleando; la culminación de este enfrentamiento es precisamente con la muerte de Siawash. Además de reunir en sí la esencia y el extracto de las vivencias, sucesos, pensamientos y sabiduría de aquella maravillosa época.      

    el-libro-de-los-reyes-dos El poeta Ferdousi nació en la localidad de Tus, en el Jorasán, entre 932 y 941. Se dice que era terrateniente noble de pura raigambre iraní y que, como los miembros de su clase social, deseaba mantener sus tradiciones y su cultura frente a los nuevos valores introducidos por los árabes.

      Pasó entre 30 y 35 años escribiendo el Shāhnāmé, y lo terminó a los 71; murió diez años después. Ferdousi declara que no había hecho otra cosa que seguir las tradiciones: “Las tradiciones han sido referidas y nada de lo que es digno de ser transmitido se ha olvidado”. Sin embargo, el gran atractivo de esta obra reside, sobre todo, en el brillante colorido del lenguaje del poeta, junto a sus grandes dimensiones pues resalta su estilo y el empleo de un persa casi puro, con muy pocos préstamos del árabe.

     El Shāhnāmé estabilizó la lengua farsí darí y vuelve a la pureza del idioma de tal manera que aún hoy sigue siendo referencia obligada, entre todos los historiadores persas que han tomado la obra de Ferdousi como base para sus trabajos. Es, pues, prueba de una veneración vigente, y por ende la epopeya del Libro de los Reyes trascenderá muchos años más, siendo objeto de la admiración de los sabios y de la veneración de todo un pueblo.

     Hace tiempo que no sé nada de Sudabeh, y cada vez que abro el ejemplar que con mucho cariño me obsequió antes de regresar a Irán —ya que jamás encontré el de mi padre— sus palabras aparecen dentro de mi cabeza y me hacen volver a verla caminando desnuda leyendo el Shāhnāmé mientras espero volver a naufragar en la cordillera de su espalda.

Por  Atzin Nieto

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