¿Qué tan cierta es la existencia de los dragones?

Seres de extremo poder, avaricia y un cúmulo de  facultades mágicas que parecen exceder a la realidad:  así es como se ve a estos entes en las series, las películas y muchos cuentos, poemas y novelas. Pero si nos dijeran que estas historias son verdaderas y que estos seres míticos son reales, nadie lo creería.

     Las historias folclóricas o los mitos en los que aparecen los dragones han sido los acompañantes predilectos de la infancia por generaciones. Nombres como el del Dragón Fújir o Falkor, de la novela de Michael Ende, La historia sin fin; el de Shenlong, el célebre dragón verde de Dragon Ball al que todos quisiéramos pedirle un deseo.

     El cine no se ha quedado atrás, hace tres años hizo su debut en pantalla el maléfico y malévolo Smaug con la película El hobbit: La desolación de Smaug,  que fue una adaptación de la novela de J.R.R. Tolkien El hobbit. Éste y muchos otros son algunos de los más famosos de una larga lista.

     Para muchos, no obstante, estos seres se limitan a la imaginación de los niños y a las personas que siguen gustando de leer historias de magia. Pasa asimismo con otros tópicos que si no hablan de cosas que pueden percibirse con los sentidos se relegan a la fantasía, perdiendo así las características que algún día lo  hacían real.  Toman al asunto enteramente como una idea o concepto que puede ser solo un producto de la imaginación. ¿Esto significa que ha abandonado el ámbito de lo real?

     No del todo, pues aún en esta situación en el fondo conservan los referentes de la realidad con las que se construyeron, aunque no sean advertidas a primera vista. Un ejemplo de estos serían las ciudades que vemos como de otro mundo: si alguien dice “París” podemos ubicar algo de esta ciudad, desde el país al que pertenece, hasta algún monumento o alimento característico del lugar, sin necesidad de haber estado ahí.

     Ocurre lo mismo si hablamos de ciudades fantásticas como el Reino de Camelot, la Comarca o incluso Winterfell. De este modo, no importa la distancia entre las ciudades y nuestros sentidos, podrán existir más o menos cerca de la realidad que pensamos, pero en ambas situaciones comparten ciertos rasgos que nos hace capaces de reconocerlas.

     Si se pueden ubicar estas ciudades es porque contienen elementos que forman parte de nuestra vida cotidiana. Entonces, ¿qué es lo que las mantiene fuera de la realidad cuando un lector puede ubicar, conocer e incluso visitar estos lugares con sólo abrir un libro? ¿No es acaso contradictorio?9788420656274

     La respuesta más acertada sería asegurar la realidad de las cosas y los seres, ya que pueden ser tocados, escuchados o vistos con nuestros propios ojos. El principio de verosimilitud, el pacto con el texto y la astucia del escritor podrían convencernos. Si estos tres elementos se unen correctamente, nosotros como lectores comparamos a los personajes que vemos en el libro con personas de la realidad de las cuales sí tenemos una imagen fija.

     Imaginemos a una criatura que sea más grande que una ballena o una orca, pero que mantenga cierto parentesco con ellas; pensamos aún más grande: un animal tan inmenso, que sea imposible hospedarlo en un zoológico o acuario, que se alimente solamente de calamares gigantes y colosales; su sonido es el más poderoso de las profundidades del mar, es capaz de aturdir a todos los habitantes del océano. Es pues, una criatura que pocos han sido los afortunados en ver.

     Si lo pensamos de este modo, podría parecer un animal sacado de un relato fantástico, aunque en realidad sólo estemos hablando del cachalote. La función de ver, tocar o escuchar a los seres y las cosas nos demuestra que incluso hasta lo más real corre el riesgo de tambalearse bastante. Sabemos que encontrarnos con criaturas que viven en entornos a los que seríamos incapaces de llegar, o tener cercanía con ellos para tocarlos o escucharlos es prácticamente nulo. Lo mismo pasa con los dragones o con el reino de Camelot. Sin embargo, a pesar de esta imposibilidad, sentimos que son reales.

    Entonces, si los sentidos no son necesarios para creer que los seres y las cosas existen, ¿podrían existir los dragones? Conocemos múltiples cosas de ellos, desde sus características generales, hasta el nombre de los más sobresalientes dentro de su especie. Si eso no nos bastara, también podemos averiguar más de ellos, por ejemplo, dónde habitan y cómo encontrarlos. De esta forma sólo se necesitaría que investiguemos desde los  tratados de seres mitológicos hasta los más nuevos libros de fantasía, pasando por pinturas o películas que los han rescatado como algo tan normal, que se comparan a un documental de los leones de la sabana africana.

     Por eso podemos observar a Shenlong surgiendo de las esferas, a Bastián volando sobre Falkor, a Smaug  jugueteando con el tesoro de los enanos. Ver una y otra vez a los dragones Drogon, Viserion y Rhaegal surgiendo de los huevos que florecen del fuego en Juego de tronos es tan normal como leer sobre cualquier animal. Están a nuestro alcance tantas veces como repitamos la cinta de video o el párrafo del texto, tantas veces como nos sean necesarias para creer que los dragones existen y que no tienen que ser verdad.

Por Leonardo Carvajal

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