Adiós, Afrodita

Y además de todo eso, Araceli. Qué chica, mi Dios.

Pero era peligrosa como mono con gillette.

Y no lograba entenderla. Nunca entendería a las mujeres.

Siempre se había dicho que eso era lo bueno, su imprevisibilidad,

pero ahora eso mismo lo desesperaba; comprendía que ése había sido un criterio machista.

Lo que verdaderamente no entendía era la condición humana.

Luna Caliente

Mempo Giardinelli

Hace poco estaba atrapado en el maravilloso sistema de transporte colectivo de la Ciudad de México junto con un par de camaradas, con los que debatía acerca de qué libro era mejor para regalar a alguna conquista –a la manera de Kafka, el cual les obsequiaba, La educación sentimental de Flaubert–.

     Yo les dije que si era una chica que despertaba en mí las peores pasiones que la humanidad haya visto nunca, no perdía mi tiempo en zalamerías, libros de poesía, o buscando una edición especial de Seda, sino que automáticamente le regalaría Luna Caliente y sólo era cuestión de sentarse a esperar. La novela de Giardinelli tiene la capacidad de despertar cierta curiosidad perversa, por la que tarde o temprano, terminaban por invitarme a deshojar las horas en sus distinguidas habitaciones con el pretexto de que les contara cuál era mi parte favorita de la novela.

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     Mencioné también una anécdota acerca del por qué Luna Caliente es una novela que jamás falla; eso lo sé desde la primera vez que se la regalé a la mejor amiga de mi exnovia –una mujer que pensaba que 50 sombras de Grey era lo mejor que se había escrito– y quien meses más tarde terminaría por invitarme a celebrar mi cumpleaños vestida igual que Araceli, la noche en que conoce a Ramiro Bernárdez. Para limpiar su honor, debo decir que lo hizo sólo después de enterarse que mi ex me había dejado para irse con su nuevo novio tabasqueño.

     De esa manera supe que la obra de Giardinelli era mi mejor carta de presentación sin importar las circunstancias.

    Me gusta cómo está contada la historia de Ramiro, un joven de familia acomodada, que regresa al Chaco después de haber estudiado en Francia y, casualmente, es invitado a cenar a la casa de un médico amigo de su padre. Es allí donde conoce a la irresistible, misteriosa, y dueña de una inusual belleza,  hija del médico, Araceli.

    Al calor de las copas, unido a la sensualidad de la frágil adolescente, esta pasión juvenil es la que lo arrastrará por arenas movedizas que acabarán por ahogarlo y hacerlo naufragar entre la pasión y el deseo.

    Así comienzan a engarzarse varios hechos como crímenes, huidas, persecuciones policiacas, entre otras. Todo bajo el telón de fondo de la dictadura argentina, de la noche omnipresente, de una luna caliente que une y enloquece a los amantes, pero sobre todo, del peso fatídico de la muerte.

    Ésta es, sin duda, una obra contemporánea de la literatura latinoamericana que ya es todo un clásico. Con una prosa contundente, alejada de los realismos tradicionales y con ciertos toques de novela negra que heredan algo de Caín y también de Chandler.

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    Una novela vertiginosa, audaz, y violenta en la que se mezclan el deseo y el erotismo, el remordimiento, el sentimiento de miedo y de culpa, que dan como resultado una narración a modo de pesadilla obsesiva y delirante, la cual va descubriendo los hilos que mueven las pasiones y los rincones más oscuros de la naturaleza humana.       

     Ese día, antes de abordar el metro, había conocido a Yadira, una mujer con cuerpo de sirena, anteojos de pasta gruesa, labios carnosos y que gracias a sus curvas podría considerar la idea de convertirme en un hombre recto… Toda una Afrodita a la que, claro, le encanta leer y que además pronto celebrará su cumpleaños. Ya tengo otro ejemplar de Luna Caliente en mi mochila. Antes de pronunciar “adiós”, la cita tendrá que culminar puntualmente con ese libro en sus manos.

Por Atzin Nieto

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