Arthur Rimbaud y Paul Verlaine: el romance entre dos poetas malditos

Rimbaud fue un poeta francés perteneciente a los Poetas malditos. Eran un grupo de autores a los que los críticos detestaban por su decadentismo, ya que siempre retrataban un estilo en donde el alcohol, el sexo y los prostíbulos eran sus pasatiempos favoritos. Literatos de su época nunca tomaron muy en cuenta a Rimbaud y casi siempre prefirieron hacer énfasis en sus hábitos y su homosexualidad.

Rimbaud era conocido como un asiduo fumador de opio; de hecho, se dice que Una temporada en el infierno lo escribió mientras estaba en el “avión”. Aun así no quita la profundidad con la que trata el sinsentido de la vida y algunas corrientes filosóficas como el hedonismo y el nihilismo que chocaron con la idea progresista y positivista de la época.

Aunque siempre resulta interesante conocer el contexto personal en el que escribieron piezas literarias magníficas; y bueno, sí,  la neta es que a todos nos gusta un poco el morbo. Uno de los detalles de su vida que más despiertan este sentimiento es la intensa relación amorosa que llevó con otro poeta, Paul Verlaine.

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Resulta que Rimbaud le escribió una carta a Verlaine, con la intención de conocerlo en persona, puesto que ya era un poeta famoso en ese tiempo. En la correspondencia anexó alguno de sus poemas.

Verlaine no aplicó lo que en nuestro tiempo sería “el visto”, sino que contestó a esta carta enviándole también un boleto de tren para que fuera a su casa. Además, el muy pícaro anexó una inscripción que decía más o menos así: “Ven querida gran alma, te esperamos, te queremos”, invitándolo a una estancia con él y su entonces esposa Mathilde Mauté. Lo increíble es que Rimbaud en este tiempo tenía nada más y nada menos que 16 años.

Otra de las cosas más interesantes de la vida de Rimbaud ocurrió en París, cuando decidió dedicarse a la vida bohemia exclusivamente. Se embriagaba de noche y vagabundeaba de día, escandalizando en los lugares que visitaba, disfrutando la vida pues. Si bien en un principio Verlaine le tapaba el ojo al macho y se resistió al niño de dieciséis, tiempo más tarde decidió tener sus queveres con Rimbaud. Así, Verlaine abandonó a su esposa para aventurarse con nuestro joven poeta y no tardó mucho para que ambos se mudaran a Londres.

Los rumores aseguran que vivieron grandes penurias económicas, tanto que un día llegaron incluso a mendigar. Su relación sentimental comenzó a deteriorarse cada vez más, hasta el punto en que, en medio de una crisis nerviosa y asustado por el inminente abandono de Rimbaud, Verlaine lo atacó propinándole un balazo en la muñeca, hecho por el cual Verlaine fue a parar a la cárcel. Tiempo después se encontraron y tuvieron una conversación de temas variados sin tocar el incidente.

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Se habla de que Rimbaud trató de integrarse de una forma más ordenada a la sociedad, se enlistó en el ejército, aunque no tardó en abandonarlo, debido a su poco éxito. Tiempo después se marchó a Etiopía e hizo una pequeña fortuna dedicándose al tráfico de armas, y así como hay personas que parecieran estar marcadas por el destino, a Rimbaud nada parecía salirle bien: pronto enfermó de una pierna y se vio obligado a regresar a París. En la capital francesa la amputaron la extremidad y seis meses después, en Marsella, murió a causa de complicaciones. Falleció a los 37 años.

Para que disfrutes de este poeta, te dejamos una probada de Una temporada en el infierno:

¡Cállate, cállate de una vez!… Aquí es la vergüenza, el reproche: Satanás diciendo que el fuego es innoble, que mi cólera es espantosamente tonta. –¡Basta!… Errores que me son sugeridos, magias, perfumes falsos, músicas pueriles. –Y decir que poseo la verdad, que veo la justicia: tengo el discernimiento sano y firme, estoy listo para la perfección… Orgullo. –Se me reseca la piel de la cabeza. ¡Piedad! Señor, tengo miedo. Tengo sed, ¡tanta sed! ¡Ah! La niñez, la hierba, la lluvia, el lago sobre las piedras, el claro de luna cuando el campanario daba las doce… El diablo está en el campanario, a esa hora. ¡María! ¡Virgen santa! –Horror de mi estupidez.

Por Rubén Vázquez

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