Carlos Fuentes y las ciudades monstruosas

“En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”.

La región más transparente, Carlos Fuentes.

Septiembre es el mes más patriótico para el mexicano; sin embargo, la exacerbación del nacionalismo que despiertan estas fechas nos hace repensar la identidad. ¿Qué es lo que diferencia a México frente a otras culturas? Para los escritores esto siempre ha sido un tema de interés. Personajes como Octavio Paz, Alfonso Reyes o Carlos Fuentes han dedicado gran parte de su obra en resolver el problema de la identidad mexicana.

     Una de las novelas que se ha vuelto un texto obligatorio para adentrarse a este tema es precisamente La región más transparente, de Carlos Fuentes, publicada en 1958. Cabe resaltar que Fuentes en realidad es panameño, pero de padres mexicanos, y que años más tarde decidió tomar la nacionalidad, gracias al profundo afecto y curiosidad que le tomó a la Ciudad de México.

     La novela fue escrita cuando Fuentes cumplía los 25 años y pronto se volvió un parteaguas para la literatura de la generación del medio siglo. Con una narrativa atrevida en cuanto a la ruptura tipográfica o la gramática, trata de reproducir el habla común de los habitantes de la Ciudad de México. La urbe es representada a través de sus clases sociales y de sus costumbres; el eclecticismo de la ciudad es la metonimia de la pluralidad de voces que abundan en todo el país.

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    Fuentes reúne a múltiples personajes de toda la república, que por azares del destino migraron a la capital del país; aunque desde distintas latitudes o épocas, tienen algo en común: la esperanza de que en la ciudad serán lo que siempre pensaron que serían. Sin saber cómo ni cuándo, el antiguo DF tenía la posibilidad de convertir a sus habitantes en otros. Quien viva aquí sabrá que la monotonía no es una opción y Fuentes aprovecha esto para rescatar la evolución vertiginosa de un territorio que nunca se antoja quieto.

     Retrata, asimismo, a las familias más ricas de los años cincuenta y la apatía burguesa que denotan en cada acción. También a las familias más pobres, a las que  la tragedia de la muerte parece caer sobre ellos una y otra vez, sin posibilidad de cambiar ese destino. La gente rica en siglos pasados y que ahora viven en la nostalgia de sus recuerdos vueltos ropa empolvada y escrituras corroídas. Los extranjeros que ven con un exotismo surrealista a la ciudad que los acoge. Los intelectuales que viven en un territorio que no sienten suyo y, para hacerlo, buscan siempre los símiles con las urbes europeas, cunas de la cultura.

    No obstante, los personajes más profundos y carismáticos son los guardianes: Ixca Cienfuegos y Teódula González. La novela está fragmentada por las diversas historias de cada grupo, pero lo único que las une es Ixca, un ser que puede moverse entre uno y otro círculo. Como si de una conciencia se tratara, Ixca va en busca de un sacrificio para su madre, Teódula, para saciar la sed de un pasado prehispánico.

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     Son los más intrigantes, ya que de todos los demás se puede saber su pasado, excepto de estos dos personajes que parece que siempre han estado ahí, antes de la Revolución o incluso antes de la Conquista. Seres que nos recuerdan las raíces de un México que busca continuamente un sacrificio. Muy a la cosmogonía prehispánica, la ciudad funciona cíclicamente: la asunción de la burguesía, los cánones, la jerarquía política de la noche a la mañana pueden venirse abajo y nuevamente iniciar el ciclo con otros personajes.

     Así, Ixca se dedica a ser la fuerza que determina estos cambios, Téodula de reclamarlos. El día a día de la Ciudad de México se plasma en los prostíbulos, en los barrios, en las fiestas, en las celebraciones patrias. La violencia permea todos los círculos y los vicios de todos sus habitantes se acumulan hasta hacerla estallar. La envidia, la ambición y la insaciable sed de poder se contraponen a la humildad de otros.

     El eclecticismo es, para Fuentes, lo que nos hace mexicanos. Esa mezcla que pocos logran entender y que nosotros hemos apropiado tan bien. No se puede hablar sólo de un México, se tiene que hablar de muchos, porque son tantas las influencias y otredades que sólo nos queda reconocernos en la multiplicidad.

    La identidad, al final del libro, queda fragmentada en una calle, en muchas avenidas, en decenas de colonias, en una monstruosa y siempre hambrienta Ciudad de México.

Por Tonatiuh Higareda

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