“Cinco horas con Mario”: cuando los muertos hablan

Cinco horas con Mario ha sido considerada como una de las novelas por excelencia para entender la situación de la España de la segunda mitad del siglo XX. Escrita por Miguel Delibes —ganador de diversos premios literarios, como el Premio Nadal de 1947, Premio Nacional Narrativa de 1955 y el Premio Príncipe de Asturias en su edición del 1982—, es una novela que se caracteriza por un discurso literario sólido y al mismo tiempo tan ambiguo que la intención se difumina entre la voz de los personajes principales: Carmen, la viuda sumisa y conservadora, y Mario, el personaje ausente sobre el que se hilan todas las tramas narrativas.

migueldelibes        Cinco horas con Mario es el cuarto  libro de Delibes, le anteceden la también galardonada Las ratas (1962), Viejas historias de Castilla la Vieja (1960) y Por esos Mundos (1961). La novela dista mucho de ser apología de las tradiciones conservadoras de la sociedad española. Quizá se debe a que Delibes  se vio obligado a salir de su país natal y partir a Estados Unidos y esto lo obligó a  ver a su España desde fuera; o tal vez al descontento que le trajo a Delibes su salida del diario El Norte de Castilla por diferencias con Manuel Fraga, político importante para la derecha del periodo franquista.

        La distinción entre dos formas de ver una misma España es el punto de partida para Delibes, el libro atrapa desde la esquela con la que inicia. Es un comienzo fuerte y crudo: la muerte de Mario Diez, uno de los personajes principales. La muerte, sin embargo, no es lo importante. Sólo es el detonante para una voz que durante casi toda la novela nos irá introduciendo a lo más íntimo de la vida corriente en España: Carmen, la viuda que vela el cuerpo de su marido durante una noche.

        Carmen es la narradora en primera persona, que centra su discurso en un monólogo continuo: a manera de remembranza a veces, de queja y reclamo en otras. Es la voz de lo conservador, de una sociedad que está conforme con la situación política de mitad de siglo. No escatima en los treinta y siete capítulos en censurar y criticar los movimientos de izquierda o de los grupos intelectuales que se oponían al régimen franquista. Es, pues, una voz quejumbrosa que aprovecha para reclamar una vida llena de carencias y disgustos.

        El recurso de la analepsis es esencial para el diálogo. La extensión de cada capítulo no sobrepasa las tres cuartillas e inicia con una sentencia que dará sentido al monólogo: “Él es quien hace cesar la guerra hasta confines de la Tierra […] tronza la lanza y hace arder los escudos en el fuego”, por ejemplo, como argumento bíblico para compensar las ideas católicas y de derecha de Carmen. Es recurrente este tipo de frases. La educación es uno de los temas que más preocupan a Delibes; así, pone con sarcasmo en la boca de Carmen: “Lo pasé bien, bien, en la guerra, oye, no sé si seré demasiado ligera o qué…”, para después dejar en entrever la necesidad de la sociedad por educar a las mujeres, por la intelectualidad que aboga por una educación más laica y equitativa.

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        El recuerdo de los “tiempos mejores” aunado a la focalización interna, dan una sensación de añoranza por parte del narrador. El narratario está muerto, hay una ausencia que impide la respuesta. Sin embargo, el lector toma el papel del narratario, es decir, de Mario, y responde a las críticas. En automático uno se siente atacado por la rigidez de pensamiento de Carmen. Si en un principio se pretendía crear una empatía con el narrador, este recurso para sustituir la voz de Mario hace que las dos visiones de España se contrapongan.

        Sin necesidad de explicar el contexto político con descripciones excesivas, Delibes acierta en incluir al lector. El recurso de la voz en segunda persona crea el efecto de que le habla a un lector en específico y no al personaje. Este modo apelativo deja ver cómo se comportaba la clase más rígida de aquellos años:

        Convéncete de una vez, Mario, los intelectuales con sus ideas estrambóticas, son los que lo enredan todo, que están todos medio chiflados, porque creen que saben pero lo único que saben es incordiar, lo único, fíjate bien, sacar a los pobre de sus casillas que el que no acaba de rojo, acaba de protestante o algo peor.

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        Además, el carácter dialógico hace que la narrativa sea ligera. No le importará al lector escuchar a Carmen hablar sobre sus opiniones ideológicas y políticas. El personaje narrador está construido también para no cansar, pues tiene tintes de este costumbrismo español humorístico que ayuda a pasar las críticas más duras hacia la modernidad: “Mario, cariño, que si un guardia en un arrebato te da un mojicón no creas que lo hace por divertir, qué va, sino por tu bien, lo mismo que hacemos con los niños”. Es claro que el paternalismo político y la represión son los argumentos de dicha frase, pero no tendría el mismo efecto sino sólo cuando lo enuncia una viuda ama de casa de la más tradicionalista España.

       La dialéctica dentro de la estructura narrativa no se conforma con quedarse ahí, no pretende crear una opinión, sino un debate interno entre mantener las costumbres y tradiciones de un pueblo, o apelar a la modernidad y la industrialización. El lector tiene la última palabra.

      O más bien, Mario, a pesar de Carmen, él sí tuvo la última palabra.

Por Tonatiuh Higareda

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