El movimiento también se lee

La literatura es de esas disciplinas que siempre ha aceptado en sus filas la intervención de otras artes, pues podemos contar un fenómeno totalmente literario a través de alguna obra de ballet o una pieza de danza contemporánea.
        Marius Petipa, por ejemplo, adaptó a la perfección El Quijote, específicamente el episodio “Las bodas de Camacho” y ganó los aplausos de muchos, o qué decir de Romeo y Julieta de William Shakespeare, adaptada por Antony Tudor;  y La bella durmiente del bosque del escritor francés Charles Perrault, también de Petipa.

Romeo y Julieta

Romeo y Julieta

       Uno puede hallar las riquezas y similitudes entre la danza y la literatura en el empleo de sus figuras, los juegos con el espacio y el tiempo, las ambigüedades y sugerencias que envuelven a quien ve y disfruta una adaptación.

       El primer acercamiento que tuve a esta relación entre literatura y danza se dio hace algunos años, cuando una muy querida maestra de ballet me compartió una técnica que aplicaba con sus alumnos: “Hay que enseñar los ejercicios como si fueran un cuento”. Así, comparando los movimientos con situaciones de la vida cotidiana, los alumnos memorizaban fácilmente los ejercicios.

        Era casi como escribir; al igual que con el lápiz creábamos metáforas, el cuerpo es capaz de crear movimientos que aluden a conceptos o situaciones, despojándose de limitantes físicas.
El movimiento, como el verso de un poema, significa algo más: un hombre que se eleva en un salto majestuoso puede ser más bien la esperanza emergiendo. Así también podría ser que cuando veas una columna vertebral desafiando sus umbrales del movimiento, podrías estar contemplando la representación de las tensiones ideológicas de nuestra época.

El Quijote

El Quijote

        Así, la danza invita al espectador a realizar una lectura de la corporeidad, de experimentar y descifrar en la humanidad propia las metáforas que el otro está escenificando.  En este sentido, “leer danza” es un redescubrimiento del propio cuerpo y, por demás, un acto de suma empatía.

       Tal como la literatura, la danza no se limita a contar historias, lo exquisito de ambas disciplinas está en descubrir los códigos escondidos más allá de lo evidente, en dejarse envolver por las formas y por la experiencia de vivir, durante algunos minutos, fuera de uno mismo.

La bella durmiente

La bella durmiente

Por Karina Zavaleta

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