Facebook como la abstracción del panoptismo
                                                                                                   “El usuario de los servicios de Internet comenzó a darse  cuenta de que cuando un servicio es gratuito, no es el cliente, sino el producto”
Tim Cook, CEO de Apple

Por allá del 2011 estalló la Primavera Árabe y el mundo se dio cuenta del poder e influencia de las redes sociales en los movimientos de contrapoder. Plataformas como Facebook y Twitter parecían una alternativa a los medios de comunicación y para muchos, un arma contra la censura. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que quienes ejercen el poder tomaran como bandera a las redes sociales para su regulación.

        Por ejemplo, el caso de Túnez es curioso: Eira Martens declaraba en una entrevista que uno de los errores más comunes entre la población mediática es haber considerado a Facebook la única herramienta para el derrocamiento del gobierno de Hosni Mubarak. En realidad, aseguraba, la plataforma en línea había servido únicamente como medio de organización.

La libertad de la que gozaba Facebook para sus publicaciones lo hacía idóneo para la creación de grupos de tono antidictatorial y la viralización de su contenido, que llegó a miles en poco tiempo. Por eso la revolución se dio con eficacia, ya que la velocidad de organización de los inconformes superó a la del contrataque del gobierno tunecino.

Fue ahí precisamente donde Facebook reveló su talón de Aquiles –y vio su oportunidad de consolidarse como negocio rentable, a diferencia de otras redes que murieron en el abandono–, ya que funciona como un medio de comunicación.

Si pensamos en aquéllos como los espacios donde el poder político se concentra y no en los estados, no es desatinado pensar que las tácticas de disciplina y vigilancia tendrían que reformularse en un contexto virtual.

Las cámaras de video y los registros telefónicos parecen huecos cuando se enfrentan a la masa infinita de información que Facebook puede albergar. Nunca en la historia hubiera parecido relevante para los gobiernos saber los gustos más nimios de sus pobladores; hasta que la Primavera Árabe demostró que la empatía puede ser un peligroso elemento a la hora de armar una guerra.

De manera paralela, las grandes empresas exacerbaron lo que desde hace más de un siglo se hacía a través de la mercadotecnia. Conocer a tu target es la clave para convertirlos en potenciales compradores. De pronto, la especialización acabó por confirmar la importancia de estar presente en una red social: los copywriters, los community managers, los creativos, los estadistas y demás, demostraron que la vigilancia empezaba a hacerse presente.

De acuerdo con la definición de panoptismo de Foucault hay dos elementos que sirven como base para el control social: por una parte, la sensación constante de ser vigilado, pero sin saber cuándo, dónde ni cómo; y por otra, la falsa idea de individualización para así evitar el complot y el motín.

Si el panóptico arquitectónico tenía un vigilante en una torre, hoy en día es un algoritmo que registra todo: los rostros, los likes, el contenido que compartimos, las fotos de otros, los lugares en los que estamos o a los que queremos ir.

El sociólogo Manuel Castells dice que el social media había tenido éxito porque nos regresaba una idea que habíamos dado por perdida: la interacción con otros sin la intromisión de terceros. Así, las estructuras sociales rápidamente empezaron a abstraerse y a hacerse más complejas en un mundo virtual; por eso, la actualización constante de Facebook por hacerse vigente es una de sus prioridades: hacer cada vez más real ese mundo.

Sin embargo, al mudar las estructuras sociales que nos componen, mudamos con ellas el modelo panóptico. La coerción y la censura están a la orden del día. La hegemonía sólo terminó adaptándose a la tecnología que se creó a sí misma. Esta vez, no obstante, sabemos quién es el vigilante.

Por Tonatiuh Higareda

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