¿Las drogas y el alcohol te hacen mejor escritor?

En algún momento John Martin, exeditor de Charles Bukowski, declaró en una entrevista que en más de treinta años de haber conocido al autor de Mujeres, nunca lo vio borracho y que sólo se ponía ebrio cuando de su vida pública se trataba; es decir, en eventos y otras situaciones en los que se requería que más que su imagen como escritor, saliera a relucir algo de Hank Chinaski. La duda queda en el aire. Nosotros nos preguntamos obligadamente: ¿El escritor necesita estimulantes como el alcohol o las drogas para ser mejor?

     Asimismo, Charles Bukowski declaraba en un talk show que un hombre podría beber todo lo que quisiera, pero que la marihuana… esa droga te cortaba todo el circuito mental. Así es, Bukowski era un hombre antidrogas. No obstante, contemporáneos suyos, como Burroughs, Faulkner y Timothy Leary creían lo contrario. El movimiento beat al que pertenecieron los anteriores tenía la bandera del uso recreativo de la marihuana y otros estupefacientes sintéticos como el LSD y la heroína.


Charles Bukowski opina sobre la marihuana, el…

    La ciencia, por otro lado, ha dicho mucho y muy poco a la vez. Se pueden hallar cientos de estudios que insisten en que las drogas son destructivas y que en nada ayudan a la creatividad. Aunque nada dicen sobre los fármacos que en muchas ocasiones están compuestos con ingredientes que también compone una droga; por ejemplo, los antidepresivos, los barbitúricos y los ansiolíticos. La opinión está tan dividida que nadie se atreve a dar una respuesta definitiva y menos se atreven a declarar algo que está fuera de su alcance como lo es el proceso creativo.

     Eso sí, cada día se fortalece más el mito de que los escritores son borrachos y drogadictos. La imagen del escritor dandy murió hace mucho, ahora el estereotipo es el del junkie que en sus pocos momentos lúcidos puede escribir los poemas más conmovedores.

    Hay algo, sin embargo, que no se ha tomado en cuenta y es que el texto una vez escrito no tiene nada que ver con el autor. En el momento en el que se escribe algo, el autor se convierte en otra persona. A este fenómeno se le llama despsicologización y es cuando el escritor sufre una partición que divide su mente: la parte consciente se encarga de la organización del texto, como la redacción y la ortografía; la parte inconsciente es la encargada, digámoslo así, de las ideas que fluyen desde lo más recóndito.

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    Es ahí donde, dicen, las drogas abren ese campo que sólo es comparable al sueño, donde la creatividad se encuentra en su máximo esplendor. Todos hemos soñado con cosas que dicen mucho de nosotros; pero cuando contamos ese sueño lo único que ocurre es que nos damos cuenta de que sólo tiene sentido para nosotros. Lo mismo ocurre con este proceso mediante las drogas y que haría imposible que sea detonante para la creatividad.

     Así como la parte consciente es quien pone un alto a nuestras más locas imaginaciones, sin esta especie de filtro, nada de lo que se escriba en un estado de drogas podría adquirir sentido para el lector. Seguramente habrá frases sueltas, una sintaxis retorcida y mucho será ilegible.

     ¿Entonces cómo podemos leer Las puertas de la percepción de Aldous Huxley y entender todo el viaje con mescalina? Fácil: porque no lo escribió drogado. Si bien es cierto que en algún momento el protagonista, bajo pleno efecto de las drogas, se sienta en su mesa y empieza a escribir, hay que recordar que quien lo hizo no era Huxley, era un personaje inventado por él. El escritor es tan aguzado en términos de verosimilitud que puede crear un alter ego sin que nadie lo note.

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     Huxley ni nadie jamás pudo haber escrito ninguno de sus libros con mescalina ni marihuana en las venas. Así como Bukowski se hizo un personaje para la televisión, los otros escritores hicieron uno para sus libros, aunque el nombre fuera el suyo. La prueba está en los elementos de su texto que son analizables: la narrativa, la verosimilitud, el espacio y la temporalidad que claramente tienen una estructura que sólo es posible crear cuando la parte consciente de la mente se encuentra activa y, obviamente, así como no lo está en el sueño, tampoco cuando se ingiere alguna de esas sustancias.

     Los medios de comunicación, por su lado, han emprendido una campaña desde hace décadas que pinta al escritor como un solitario, borracho y drogado. En gran medida porque los hace visualmente más interesantes y porque es la única manera en que la cultura puede ser atractiva. Usan el lugar común de que lo prohibido es más deseable. Los jóvenes escritores han caído en la trampa y hoy también piensan que ser artista y escritor no requiere de práctica ni oficio, sino que dependen únicamente del tipo y cantidad de drogas que se ingiera.

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     La fama que los medios de comunicación le han hecho a escritores como Bukowski, Burroughs y Faulkner provoca que éstos llenen los anaqueles de librerías con sus títulos más provocadores. Adentrarse en la literatura ya no parece muy difícil, las drogas son el camino y, sin embargo, sus ávidos lectores todavía no han descubierto la farsa que se construyó fuera del libro. Tampoco han intentando descubrir al autor desde sus textos, pues no han podido separar un concepto básico de la narrativa: autor, narrador y personaje nunca son la misma persona.

     John Martin tenía razón sobre Bukowski, jamás lo iba a ver borracho porque la literatura no funciona con alcohol ni drogas. El autor de Música de cañerías al declarar que las drogas no funcionaban en esa entrevista, irónicamente, se echaba la soga al cuello al empuñarse una botella de cerveza al final.

     Y quien diga lo contrario, en definitiva no ha escrito nunca nada bueno.

Por Tonatiuh Higareda

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