Las riquezas de ser un idiota: el ir y volver de Faulkner

Si bien alguna vez hemos sido llamados “idiota” por alguien, con o sin justa razón, parece bastante meritorio que podamos conjuntar el punto de vista de alguien que permanece como un outsider –no por voluntad, sino por algún impedimento congénito o por carecer de elementos para pertenecer a una comunidad específica– y así ampliar el nuestro.

     Digo que resulta interesante sobre todo cuando podemos leer esa otra mirada, esa otra percepción de esto que llamamos realidad, como lo es en el caso de Benjy en El ruido y la furia del maestrazo William Faulkner. Poder mantener años de un presente, pero espaciados como uno continuo, es lo que hace que don William merezca el respeto de muchos, por ser uno de los padrinos literarios para todos los que quisimos entrarle a la escritura creativa.

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    Apoyándose en el verso de su tocayo Shakespeare (“life is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”) de una de sus tragedias más conocidas (Macbeth), Faulkner nos demuestra que la sentencia no carece de verdad. Además se mantiene vigentísima y reformulada, digamos, en los miles de videos virales que muestran al mundo la frivolidad con tanta vehemencia; aunque después nada signifiquen con el paso del tiempo, al menos en lo que llega otro a suplantarlo y después otro y después uno más. Chéquense, por ejemplo, la escena de Birdman de González Iñárritu, en donde Riggan, el protagonista, se vuelve tendencia al caminar semidesnudo por Times Square, la cual es perfecta para ilustrar la influencia de Faulkner en la actualidad.

    Ahora se preguntarán cuál es otro de los méritos de ser un idiota. Bueno, Benjy, a pesar de que actúa como un niñito aunque ya esté bastante crecidito, ve la realidad que lo rodea sin prejuicios morales. A su vez, puede mirar lo que en otras circunstancias (a normal person, I mean) no podría ser visto: la degradación moral, la hipocresía de su familia. Es inocente y al mismo tiempo, otro de los grandes toques faulknerianos, pone en su boca descripciones poéticas, sentencias hermosas: “Caddy smell like trees”, por ejemplo; cosas que no hace con los otros personajes de la novela.

    No por nada Juan Carlos Onetti (maestro y otro padrino obligado también) mencionaba en su nota periodística “Réquiem por Faulkner” que han dicho que su escritura es como un plagio de la de Faulkner. Con su peculiar sarcasmo respondía: “¿Y qué no es el plagio una de las formas más puras del amor?” Claro, no es que literalmente lo plagiara, sino que compartía la gran afinidad –y quien ha leído a Onetti lo sabe– de ver al ser humano, a la sociedad, con un cristal bastante sucio que se ajustaba a las personas que miraba.

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    No sólo Onetti reconoce lo que le debe a William –el primer autor quizá en haber inventado una geografía imaginaria, Yoknapathawpha, donde ocurren varias de sus novelas y cuentos–. Autores como Vargas Llosa, García Márquez (Gabo), o Carlos Fuentes también lo hicieron; otros, como Juan Rulfo, a quien se lo insinuaron, pero negaba posiblemente por pudor.

    La influencia de Faulkner recorrió la literatura mundial, directa o indirectamente, como sucede siempre, tendiendo puentes de lectura entre épocas y autores. De ellos descubrimos como en Faulkner el famoso culto a lo distinto, a lo underground, a los raros, a los que narran la vida. Sólo así sentimos que pertenecemos a esa narración dentro del sinsentido de la misma, no obstante, también rica y compleja. Faulkner en definitiva nos llena de experiencias impagables, de abiertos panoramas sobre el mundo que habían estado latentes ahí, y que por fin brotan como parte de nosotros mismos.

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    Nota: como información extra quisiera comentar la entrevista que Jean Stein le hizo a William en el 51’, en la cual Faulkner había dado algunos consejos para aquel que quiere escribir novela o cuento. Uno de ellos es la genial frase que dice: “Si el escritor está preocupado por la técnica –aquí podría incluir el nombre de Carlitos Fuentes sin problema–, es mejor que se dedique a la cirugía o a colocar ladrillos”. Otra de las recompensar del idiotismo: desaprender.

Por Alonzo Caudillo

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