Cómo volver arte a los golpes y las balas

Piensa en la palabra pornografía. Seguro no te llegó a la mente ninguna obra de arte con la que puedas relacionar este concepto; sin embargo, si te decimos que pienses en la palabra “erotismo”, al menos tendrás tres piezas, incluyendo alguna de literatura, que caben en este vocablo. La razón es que la creencia colectiva dicta que la pornografía no puede ser arte porque no es “bella” ni “buena”, según los cánones morales que nos rigen.

     En su prefacio a Cromwell, Víctor Hugo nos dice que ha llegado el momento en pensar a lo “feo” y lo “horroroso” como las nuevas caras de las disciplinas artísticas. ¿Entonces la pornografía tiene la posibilidad de convertirse en una herramienta para crear algo notable?

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     La principal diferencia entre el erotismo y la pornografía es lo que muestran. La ocultación es para el erotismo su principal arma, pues el deseo que despierta el recurso erótico se basa en la decisión del autor por dar señas de algo que no tiene: la búsqueda perenne de dar fin a sus pasiones. En cambio, la pornografía muestra todo, es un panorama del deseo consumado.

     Si te sigues preguntando en dónde está lo artístico, tienes que saber que se halla en el movimiento, o más bien, en su imposibilidad. Lo que crea el efecto artístico es lo estático, la pornografía para que sea arte tendrá que ser forzosamente algo sólido. Se debe a que la suspensión del tiempo vuelve lo grotesco en un objeto de contemplación. Ejemplo de lo anterior sería el romanticismo y sus muestras de lo dionisiaco en la tragedia y el suicidio, que como temas más allá del miedo o la repulsión se convirtieron en un objeto de estudio artístico. También la pintura rococó del XVIII, el romanticismo en obras como Fausto, de Goethe; las obras góticas del XIX y los afiches de los burdeles de Toulousse Lautrec demostraron cómo es que el arte vinculó algo tan macabro como la muerte con el sexo, creando temas fructíferos para la pornografía.

Mujer agachada con el pelo rojo

“Mujer agachada con el pelo rojo” de Henri de Toulouse-Lautrec.

     Freud también asegura que las pulsiones de la vida y de la muerte están vinculadas directamente con el sexo, el orgasmo pareciera tener la cualidad de dar vida o muerte, según el exceso de alguna de estas pulsiones.


Hoy, no obstante, el cuerpo humano ha quedado desprovisto de sus ropas desde hace poco más de un siglo. Poco o nada nos despierta ver un cuerpo desnudo, es el pan de cada día de los medios de comunicación y para lo artístico ha dejado de ser una innovación.

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“El cerrojo” de Jean-Honoré Fragonard.

     La violencia, por otro lado, lleva un par de décadas que ha empezado a generar un morbo sin igual, el cual ha dado de qué hablar en el quehacer artístico. La denominan la pornografía de la violencia en las ciencias sociales, pues se refiere exclusivamente a cómo los medios de comunicación implementaron mediante imágenes y videos de violencia en vivo, la hipersensibilización del asco y el morbo de su público. Las redes sociales no se han quedado atrás, hoy no es raro encontrar videos de robos, asaltos, golpizas, violaciones, acoso y asesinatos en nuestros feeds.

     Ahora bien, si la pornografía sexual puede tanto ser arte como no, la pregunta obligada es si la violencia ha logrado ser pornografía suspendida. Desde la mitad del siglo XX hemos visto casos en los que la violencia es el tema central de las obras. La explicitud y crudeza de los actos violentos se asemejan mucho a lo que vemos diariamente como denuncia social en noticieros y redes como Facebook y Twitter.

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Imagen de “La virgen de los sicarios” de Fernando Vallejo, adaptada al cine por Barbet Schroeder.

     La violencia puede presentarse de muchas maneras; quizá en el contexto actual lo asociemos con la violencia producida por el narcotráfico: el ajuste cuentas, el consumo de drogas, los cárteles son el día a día de la notas periodísticas; pero así como el siglo XIX el desnudo pornográfico pudo convertirse en arte, hoy estas expresiones de guerra y de poder también pueden serlo.
Si has leído La virgen los sicarios de Fernando Vallejo, o Antígona González de Sara Uribe sabrás lo crudas que pueden ser sus líneas, siempre con el afán de explicar estos fenómenos sociales que por tabú tememos reconocer y mucho más apropiarlos.

     La relación entre ambas obras y la sociedad a la que crudamente describen se basa en el sentimiento primigenio del humano de la sed de poder. La literatura, sin embargo, no ha sido la única en explotar estos recursos: Teresa Margolles, La Semefa, una de las artistas conceptuales más audaces y atrevidas en México, en muchas de sus exposiciones, sacó de su contexto muros baleados por grupos narcotraficantes u objetos como casquillos, incluso una lengua de un joven asesinado brutalmente.

Lengua

“Lengua” de Teresa Margolles, la SEMEFA.

     El descubrimiento, característico de lo porno, ha demostrado una y otra que puede ser un recurso retórico. Los anteriores ejemplos son la metonimia de un descontento social, y asimismo, el grito de cuándo y cómo el arte tiene injerencia en el quehacer político actual. Si antes los móviles eran el sexo y el cuerpo en las obras más arriesgadas, hoy han dejado de ser funcionales. Las nuevas formas de arte se han decidido por una retórica violenta y pornográfica; ahora con un fin:  actualizar el morbo del ser humano.

Por Tonatiuh Higareda

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