La posmodernidad: la peor broma del romanticismo

Jean-François Lyotard escribió a finales de los años setenta una dura crítica a la sociedad y en especial a los artistas de las décadas previas. Si bien los admiraba, su aguzada filosofía los hacía ver como torpes artistas jugando al modernismo. A Lyotard se le adjudica el término de posmodernismo, una palabra que hoy se ha convertido  en la moneda corriente de la crítica.

    La expresión es quizá la más prostituida dentro de la jerga artística. Pocas personas podrían definir su significado sin tener verdaderas dudas existenciales. La razón es clara: a nadie le gusta saber que su futuro depende de un dios que lleva más de cien años muerto. No son gratuitos los estudios ontológicos y la incesante búsqueda de la existencia durante el siglo XX.

    Tal vez la incapacidad del artista por asir –y ni qué decir por definir– la posmodernidad se deba a que ha sido una farsa. Entonces habría que repensar si la posmodernidad es realmente eso. ¿O acaso, como los artistas, también los críticos cometieron un error que devino en la desesperanza social?

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    Lo más probable es que sí. Dicen que la historia suele repetirse una y otra vez, lo más cuerdo es remontarse a dos épocas que son similares a la nuestra: Una sociedad como la de finales del Renacimiento que cree haber recuperado los valores más altos de la cultura y que neciamente se empeña en navegar con la bandera de la libertad. La otra, un grupo artístico donde la pretensión parecía ser su letanía diaria, la ciega búsqueda de modelos rígidos de belleza en los cánones de la Antigüedad: el Neoclásico.

    Sus movimientos posteriores (el Barroco y el Romanticismo) compartían idiosincrasia teórica: un pensamiento donde el centro que parecía perdido, de pronto se vislumbraba y el arte volvía a tomar su curso. Una idea que resarcía, pensaban, el arte sobrio y cojo de sus antecesores. Hoy quizá también estemos en ese proceso, una transición que no se supo definir por la pluralidad de voces y movimientos culturales que entre el barullo callaron a la corriente naciente.

    Poetas y críticos como Walter Benjamin o Jacques Derrida ya advertían la deconstrucción del arte. Lo atendieron en un nivel mucho más abstracto, repensaron el soporte y supieron, como Roland Barthes completaría más tarde, que lo artístico no depende de su contenedor físico, sino de quien lo observa y siente. A esta deconstrucción, años más tarde, el crítico italiano Omar Calabresse la denominaría el neobarroco.

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    Plantea que la sociedad, en efecto, se encontró durante todo el siglo XX en un proceso entre dos movimientos igual de fuertes: el modernismo y un nuevo barroco. El consumismo, la vaguedad y la vaciedad del ser también apuntan a que tal vez hayamos perdido el meollo del arte. No fue el único, sin embargo, poetas como el cubano Severo Sarduy también confirma esta teoría en su texto El barroco y el neobarroco, y José Lezama Lima también habló en su momento sobre el sentir del poeta en un contexto que cada vez encontraba símiles en el siglo XVII.

    Incluso me atrevo a decir que no hemos pasado del Romanticismo. Así como hubo una baja y una alta Edad Media, el romanticismo todavía tiene muchísima injerencia en el arte actual, por lo que las vanguardias y lo que falsamente han llamado posmodernismo son más bien parte de una misma corriente: el bajo romanticismo.

    En cien años las formas narrativas y poéticas han cambiado poco a poco, enfocándose cada vez en la forma con más ahínco. Así como el siglo XVII tuvo un estilo que se definía por su complejidad y retorcimiento, hoy vemos cómo la unión de disciplinas, de lo visual y lo textual nos dan luz sobre figuras retóricas que, a diferencia del Barroco, no son sintácticas, sino semánticas.

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    La pregunta ahora es ¿cuándo llegaremos plenamente al Neobarroco? Tal vez tardemos un par de décadas, tal vez otro siglo más. De algo se debe estar seguro, va a depender de la necesidad cada vez más constante de la sociedad por consumir arte para saciar su desasosiego.

Por Tonatiuh Higareda

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