Las noches blancas, o del primer habitante de la “friendzone”

Nástenka es una joven que ha vivido la mayor parte de sus 17 años atada por un cordel a la falda de su controladora abuela, quien gobierna todos los aspectos su vida. Está enamorada de un antiguo inquilino de su casa, que le prometió volver en exactamente un año. La noche que la conocemos el plazo se ha cumplido, pero Nástenka está devastada, pues desde el día en que aquél partió no ha vuelto a tener noticia de él.

El narrador y protagonista de la historia es un hombre de 27 años, tímido y solitario que confiesa no haber tenido ninguna relación humana real. Vive en San Petersburgo sin amigos ni familia, por lo que su afortunado encuentro con Nástenka cambiará, dramáticamente, su forma de ver la vida.

En la primera noche, los protagonistas se encuentran por azares del destino y terminan por contarse sus penas mutuamente, se convierten en amigos y quedan de verse la siguiente noche, siempre y cuando se cumpla una única condición, que él nunca se enamore de ella. ¡¿Hay acaso algún hombre que no haya vivido esta horrible situación?! Dudo mucho que alguien no haya escuchado una frase del tipo: “te quiero muchísimo… como amigo”. Por ello nos imaginamos perfectamente lo que sintió nuestro héroe cuando, una vez que ha conseguido entusiasmarse con alguien, lo mandan en el primer tren sin escalas a la friendzone.

Éste es el argumento de Las noches blancas de Fiódor Dostoyevski (Rusia 1821-1881), una de sus primeras novelas. Sin embargo, desde entonces ya notamos la principal característica del gran genio moscovita: el realismo abrumador con el que la psicología humana es tratada, pues Dostoyevski consigue retratar las pasiones humanas de una forma tal que, desde el primer instante, nos identificamos con sus personajes.

Alguien dijo alguna vez que aquello que hacía a los clásicos ser clásicos, era que, a pesar del tiempo, se mantenían siempre vigentes. Y esto es precisamente lo que ocurre con Las noches blancas (y con cualquier obra de este autor), sinmportar que esté ambientada en el San Petersburgo del siglo XIX, los hechos ahí narrados podrían estar sucediendo en este preciso momento en la Ciudad de México, en Tokio o en Beirut.

 

Por Rodrigo Tamés

 

 

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