¿Por qué ya nadie sabe hacer ensayos?

En los últimos meses he visto proliferar en sitios digitales y revistas “ensayos” de jóvenes escritores. Todos, salvo uno o dos excepciones me han dejado mal sabor de boca, una lectura pobre sobre temas que giran en torno a temas culturales que sólo descubren el hilo negro.

       No es un fenómeno nuevo ciertamente, la confusión se debe a la complejidad del ensayo en sí mismo. Existe poca teoría que ahonde en el tema. Pareciera que todos le rehuyen a un género que durante muchos años fue menospreciado. Ganó respeto, aunque no para bien, con la academia, la cual la sometió a un proceso rígido y de reglas, con sus respectivas notas a pie de página, como si no fuera suficiente la capacidad redactora del escritor por hacer caber todo en un párrafo.

      Recuerdo bien aquella maestra en hermenéutica que exigía, con ese porte dando por sentado que nadie lo lograría, ensayos literarios con cuerpo crítico. La broma se cuenta sola. Si alguna lucha han librado en algún momento los ensayistas ha sido la de desprenderse de los estándares académicos de la escritura. Conviene saber que el ensayo por su naturaleza libre no puede atarse a las referencias ni a las citas textuales; por el contrario, halla varios de sus argumentos en los “como creo que dijo tal”, “alguna vez leí por ahí”, hasta del “si no mal recuerdo…” y frases similares.

      Nadie se atrevía, sin embargo, a preguntar qué era un ensayo, sabiendo de antemano que estaba destinado a no comprenderlo. El género es el más laberíntico de la literatura, sus posibilidades infinitas hacen casi imposible conceptualizarlo. Muchos siguen tomando como definición lo que Montaigne, el padre del género, vagamente enunció, decía que era un juicio para el examen de diversos temas, una crítica que se sostiene en ideas aunque estén dispersas, en reflexiones que profundizan sin temor a no regresar al inicio.

      Otros ensayistas posteriores se atrevieron a ser más poéticos, como Ortega y Gasset —quien, por cierto, también sufrió del menospreció dentro del campo de la filosofía, simplemente porque era “cualquier” ensayista—, habló alguna vez sobre el amor intelectual que daba este género. Para Ortega no tenían ni debían ser informativos, sino hechos que mediante la reflexión buscan sus propios significados.

ensayo uno

      Un ensayo claramente es una cavilación, es un texto perpendicular, la intersección de un pensamiento A con un pensamiento B. Si Gertrude Stein hubiera hecho teoría de este género, seguramente diría que un ensayo es un ensayo es un ensayo. Al igual que los otros géneros de la literatura adquieren valor por sí mismos y no están comprometidos de ningún modo con la sociedad ni los lectores, también lo hace esta camaleónica estructura. El ensayo es intrínseco, del mismo modo que lo es el poema o la novela. Es la autorreferencialidad de la que hablaban los formalistas rusos, pero llevado al paroxismo. Es, pues, el ensayo del pensamiento, de las ideas que convergen sin orden y que sirven únicamente para encontrar razones de un tema. No pretende jamás buscar respuestas ni conclusiones, sino orígenes.

      Por eso el ensayista actual es una farsa, así como sus textos en aquellos sitios que se piensan como autoridades, como dando cátedra, sobre tal o cual tema. La muerte del autor que tanto predicaba Barthes no exime al ensayo, aunque hablemos de un Unamuno o de un Larra de carne y hueso, en sus textos no son ellos, son únicamente autores imaginarios, voces como la poética que sólo hablan para hacer más suyo el tema.

      No obstante, pareciera que ya a ningún autor le interesa hacer suyos los temas. La reflexión quedó limitada al catálogo de citas y referencias bibliográficas que pueda albergar un ensayo. La culpa la tiene la academia que creyó que el ensayo era el modelo de escritura para la investigación.

      La corroboración de la información resulta ahora más importante que la propia argumentación del autor. Por si fuera poco, cada día son más y más los espacios que se llenan de la pedantería académica. Congresos, coloquios, conversatorios, ferias y muchas otras formas de difusión cultural exigen a sus ponentes ensayos larguísimos y aburridos sobre la vida y obra de un autor, de temas que poco o nada interesan al público virgen en temas literarios.

     La tradición del ensayo parece desaparecer mientras pasa el tiempo. Uno pensaría que con la pluralidad de voces que la actualidad nos ofrece encontraríamos ensayistas propositivos. Sin embargo, vemos el realce de los opinólogos, mientras que el ensayo queda en el olvido.

      Tal vez la razón sean las maestras que exigen ensayos literarios con cuerpos críticos, ésos que contradicen al género; o tal vez aquéllos que creen que las anotaciones al final de un texto son, más que aclaraciones, ornamentos de estilo; o quizá es que los jóvenes escritores tememos adentrarnos en el enrevesado teórico del ensayo, como si estuviéramos predispuestos a fallar en su hechura. Nos sabemos, con vergüenza, prepotentes, pero no talentosos.

      ¿Cuántos Alfonsos Reyes, Mariáteguis o Leopoldos Zeas podemos encontrar en estos sitios y revistas? Pocos definitivamente y la mayoría será rebasado por la crítica que, incómoda con su estilo, seguirá desdeñando el ensayo literario. A menos claro que dejen los círculos literarios el despotismo al que nos hemos acostumbrado con blandas columnas de opinión.

Por Tonatiuh Higareda

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