¿Se equivocaron al darle el Nobel a Bob Dylan?

Hoy se anunció que el Nobel iba para Bob Dylan, el comité sueco se lo dio por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, y los comentarios en contra del músico salieron a relucir.

La mayoría asegura que otros autores como Ngugi wa Thiongo o el sirio Adonis pudieron haber ganado por su labor literaria antes que alguien que sólo se ha dedicado a hacer canciones. Otros niegan a Bob Dylan como poeta, comparándolo con otros en la lista de preferidos, como el coreano Ko Un. El problema es más fácil de lo que parece y se resume en: el purismo literario, el pecado de muchos críticos.

Aunque la primera pregunta obligada es, primeramente, qué es poesía, y resolverla nos llevaría repasar 3500 años de formas poéticas, baste decir que debe tener intención poética y, por otro lado, poética. Esta última se refiere a elementos intratextuales que por convención han pasado a formar parte de lo que se considera poesía: el ritmo, la métrica, la versificación, entre otras. La intención poética, por su parte, es algo mucho más común, como dice el refrán: “De músicos, poetas y locos, todos tenemos un poco”; cualquiera, bajo este concepto de intención, puede hacer poesía.

Así, lo que define a la poesía parece ser más bien la técnica. Ésta, sin embargo, no se refiere a formar endecasílabos o metros yámbicos, sino en cómo la organización del lenguaje puede desprenderse del sentido denotativo de lo que se enuncia y pasa a ser ruptura en quien lo lee. Sin más rodeos teóricos, hacer poesía es la reconfiguración del lenguaje con fines estéticos.

La segunda pregunta obligada entonces sería sobre el lenguaje. Iuri Lotman, con una larga tradición estructuralista detrás, asegura que el lenguaje es cualquier sistema de signos que permiten la comunicación. Aunque, por supuesto, entre sistemas se establece una jerarquía, dada por su capacidad de significación o de traducción a otros sistemas. La música y la poesía son algunos de ellos.

Barthes contaba alguna vez cómo la gente en los siglos pasados veía los conciertos de música, mientras que en el siglo XX la gente cierra los ojos para apreciarla. La razón, según el teórico, se debía a que en los siglos pasados creía que podía aprender a tocar los instrumentos; en cambio hoy hemos desprovisto de la técnica a la música y nos quedamos con lo que “nos quiere decir”. Respecto al “decir” de la música, también Lotman afirmó: la música es un lenguaje de primer nivel; es decir, si bien las notas no forman unidades léxicas —o palabras— por no tener significados establecidos, sí permiten la transmisión de un mensaje.

Así, si las palabras, dependiendo su organización, pueden hacer poesía, la combinación de dos lenguajes como la música y las palabras (ambos en su cualidad de lenguaje) pueden ser poesía. A esto se le llama un ejercicio intermedial.

El problema es que los puristas literarios se han empeñado en decir que todo aquello que rompe con lo establecido como poesía no debe ni puede ser considerado como tal. A lo que le dan la vuelta es que la poesía inicia siendo interdisciplinaria y, me atrevo a decir, como brazo de la música. La poesía nace en la oralidad y como acompañamiento musical. Claro está que la especialización hizo que cada vez se apartara más, pero también la música ha sufrido este proceso y ahora ambas disciplinas tienen, nuevamente, algo que ofrecer la una a la otra.

Es cierto, quizá Bob Dylan no es tan gran poeta como Ko Un; sin embargo, la decisión de la Academia Sueca está justificada. El año pasado le dieron el Nobel a Svetlana Aleksiévich, quien también sufrió críticas porque su obra era periodística y no puramente literaria. Lo que los literatos que tanto hoy patalean deberían recordar que la literatura sigue y seguirá el camino de siempre: la experimentación.

Así como la música en la poesía no es algo nuevo, debemos empezar a considerar a las expresiones poéticas en otras artes. También hay que repensar en la técnica poética de Dylan que sí es semejante a lo establecido en lo literario. Tomando en consideración los elementos que conforman un poema, según Josú Landa, Dylan cumple con todos: existe una composición sintáctica adecuada y única; también la conjunción de grafía y sonido —tanto verbal como musical—, la versificación natural y la retórica poética mostrada en las diversas figuras de sentido. Además de la transmisión del folklor norteamericano, la tradición literaria que se antoja beat y la modificación del lenguaje para expresar con algo “cotidiano” la universalidad de un problema. Bob Dylan es, pues, un poeta hecho y derecho.

Más allá de si los últimos reconocimientos de la Academia Sueca fueron acertados o no, el debate de los literatos mejor debería estar enfocado hacia dónde está yendo la literatura y, mucho más aún, qué se está haciendo para que las nuevas literaturas se acerquen al público joven. Al menos, en eso último, tampoco Bob Dylan nos falló.

Por Tonatiuh Higareda

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