El gozo de la física Las memorias de Richard Feynman

Richard P. Feynman ¿Está usted de broma Sr. Feynman? Aventuras de un curioso personaje tal como fueron referidas a Ralph Leighton, Alianza editorial, 2013 (segunda reimpresión), 409 pp.

Ya ven, tengo necesidad de comprender el mundo

–R. P. Feynman.

 

 

La primera vez que escuché el nombre de Richard Feynman (1918-1988) fue durante la conversación con un amigo y físico cubano. Este científico de la Universidad de La Habana me relató que un 30 de diciembre de un ahora muy lejano 1959, en un encuentro de físicos en Pasadena, Feynman pronunció una conferencia legendaria por sus repercusiones en el campo de la física y sus aplicaciones técnicas. La pieza se tituló There is plenty of room at the bottom (“Hay mucho espacio en el fondo”).

En donde este físico estadounidense ganador del Nobel en 1965, abordó el problema –una teoría improbable en la práctica por aquel tiempo– de manipular y controlar objetos a escalas entonces inimaginables. Mi amigo cubano con esa barroca cadencia propia del Caribe me refirió que con esa disertación Feynman sentó las bases de la nanociencia. Y desde entonces muchos científicos se zambulleron en las profundidades de la materia a buscar escalas todavía más ínfimas, como la micro y el spin. Meter un camello dentro del ojo de una aguja dejó de ser sólo una metáfora propia de los mitos, y la visión de El Aleph de Borges se hizo posible cuando Feynman propuso escribir los 24 volúmenes completos de la Encyclopaedia Brittanica en la cabeza de un alfiler.

 

 

Un par de años después, volví a encontrarme con el nombre de Feynman. Esta vez pronunciado por la escritura de George Steiner, en su libro Lecciones de los maestros (2011). Exploración profunda y erudita, libre de pedantería, sobre ese antiquísimo y misterioso destino que es el oficio de profesor, su necesidad, y las formas en que esta figura, no exenta de glorias, conflictos y devaluaciones, se ha codificado en todo aquello susceptible de ser enseñado y aprendido, porque parece que nada escapa a esa forma binaria en la que alguien enseña y otro aprende. En este sentido, para Steiner no existe duda de que el profesor Feynman constituye una de esas cumbres de lo que significa ser un maestro; y más en un campo como el de la física, restringido para los no iniciados por la oscuridad de sus tecnicismos. Steiner recomienda en especial acercarse a unas singulares memorias de Richard Feynman publicadas en inglés con el título Surely You’re Joking, Mr. Feynman (1985). Una suerte pocas veces conseguida de autorretrato bien logrado en este género de las escrituras del yo.

Por fortuna, para facilitar y amplificar la lectura de este gran libro entre el público de lectores no familiarizados con el inglés, Alianza editorial ha publicado estas memorias con el nombre de ¿Está usted de broma Sr. Feynman? Aventuras de un curioso personaje tal como fueron referidas a Ralph Leighton. Edición que se destaca por la pulcritud de su diseño, y en donde lo primero que atrae la atención es la fotografía de un Richard Feynman batiendo despreocupado unos tambores africanos; pues fue un percusionista autodidacta que incursionó en musicales teatrales con éxito de crítica, además de su etapa como artista aficionado a la pintura, sobre todo de desnudos femeninos, uno de los paisajes que más lo sedujo después de la física.

 

 

La traducción de estas memorias conserva con fidelidad ese tono del original en inglés que Steiner califica de alegre y crujiente, distante del estereotipo de científico que solemos tener, más cuando sobre él se esparce el incienso reverente y adulador del Nobel. Reconocimiento, “algo así como una tortícolis”, que Feynman nunca se tomó en serio, aunque el dinero del Premio le procuró una casa agradable en la playa. Sin embargo, “hubiera estado mejor no haber recibido el Premio Nobel, porque ahora ya no puedo mostrarme como soy en ninguna circunstancia pública”. En todo caso, como él mismo recuerda, se entusiasmó y disfrutó mucho más cuando el ministro de Turismo brasileño lo nombró huésped de honor del Carnaval de Río en reemplazo de Gina Lollobrigida, quien había declinado la invitación.

Recuerdo, según informes recabados por Fernando Savater en su Diccionario filosófico, que fue el atomista Demócrito el primero en dibujar la sonrisa y la broma en el talante demasiado formal y concentrado de la filosofía occidental. Feynman pertenece a esta estirpe porque introduce en el clima adusto de la ciencia a la broma y la ocurrencia geniales. Ya sea que este físico bromista se refiera en su libro a temas delicados como su participación en la fabricación de la bomba atómica, de sus clases y conferencias (como aquella muy curiosa sobre cómo descifrar los jeroglíficos mayas), de su malestar con los programas oficiales de enseñanza de la ciencia en Estados Unidos, de la falta de integridad de los científicos que acomodan la verdad incómoda de la ciencia a la conservación de una posición académica o a los respaldos económicos. O cuando rememora asuntos más triviales sobre cómo ligar muchachas, volverse un experto imbatible en descifrar cajas de seguridad –sin importar que ellas albergaran secretos militares de seguridad nacional como los relativos al Proyecto Manhattan. Tampoco tienen desperdicio sus aventuras como músico de una escuela de Samba durante su estancia como profesor invitado en Brasil, al mismo tiempo que enseñaba y mejoraba los planes de enseñanza de la física, o participaba en proyectos de mitigación del subdesarrollo a través de la instrucción técnica en las favelas en el Programa Point Four. Por eso en su breve prefacio a estas memorias, que logran involucrar al lector en el ambiente de conversación y confesión con que fueron concebidas, Ralph Leighton escribe que “a veces cuesta creer que a una sola persona le hayan podido suceder tantas cosas, a un tiempo descabelladas y maravillosas”. Y remata con un asombro que invita a leer: “¡Que una persona haya podido inventar por sí sola tantas inocentes diabluras en tan sólo una vida ha de servirnos, sin duda, de inspiración!”.

 

Cuentan que en las postrimerías de la Edad Media las grandes vocaciones que revolucionaron, aun de manera cismática como Martín Lutero, el modo de comprender y vivir lo religioso, fueron producto de la lectura atenta de algunas biografías de santos, que funcionaban como prodigiosos ejercicios de la imaginación, cuyo derrotero era provocar en el lector la imitación de lo leído. Y es que en el principio de toda auténtica vocación se encuentra un ejercicio de imitación provocado por una experiencia intensa de lectura. En nuestro tiempo todavía puede ocurrir que esta magia surta su efecto, y que los lectores jóvenes con deseos de ser científicos se sientan atraídos por la fuerza de gravedad de estas memorias, las lean, y conforme pasen las páginas experimenten el llamado, la motivación y determinación hacia una posible vocación en cualquiera de las disciplinas del campo de las ciencias de la naturaleza. Es más, me atrevo a sugerir, nadie debería enrolarse como estudiante de ciencias en la universidad sin antes discernir su deseo en una conversación con el profesor Feynman a través de sus memorias, porque en ellas nos habla un mentor sabio para contarnos con humor los caminos que recorrió para quedarse con lo mejor tanto de la vida como de la ciencia.

De entre esas sabias observaciones de Feynman, hay algunas que son claves para desentrañar el fundamento que le sirvió de base para hacer de la física una forma primordial de su existencia, y no sólo una profesión para ganarse el sustento. Me refiero al pozo de donde abrevó su pasión indeclinable por esta ciencia, incluso en momentos de sequía o bloqueo intelectual. Esta noria no fue otra que descubrir mientras leía Las mil y una noches que la raíz secreta de todo estaba en jugar con la física sin pensar en si lo que hacía tenía o no importancia: “[Y]o inventaba cosas y jugaba con ellas, y lo hacía para mi propia recreación y entretenimiento”. Ya lo había señalado Montaigne en uno de sus ensayos cuando escribió que eran los niños los que mejor actitud tenían para el saber, porque se acercaban a él para entretenerse y jugar sin preocuparse por otros asuntos. En este autorretrato es célebre aquel día cuando Feynman, con poco más de veinte años, impartió su primera conferencia sobre teoría cuántica a un público de maestros entre quienes se hallaban Albert Einstein y John von Neumann. Cuenta que le temblaban las manos, “Pero entonces ocurrió un milagro, que ha vuelto a ocurrir una y otra vez a lo largo de toda mi vida, y que es una gran fortuna: en el momento en que empiezo a pensar en física, y tengo que concentrarme en lo que estoy explicando, no hay nada más que pueda ocupar mi mente, y quedo completamente inmunizado contra el nerviosismo. Así que cuando arranqué, perdí la noción de quiénes estaban en la sala”. Sería buen examen de admisión, para calibrar la potencia de cualquier vocación, preguntar: qué te habita, qué te pasa por dentro, cuando hablas o haces aquello que sospechas (sin estar todavía seguro) es lo que más te gusta.

 

 

Jugar con el conocimiento, y al mismo tiempo enseñar a otros a hacerlo. En esto segundo estriba otra de las convicciones profundas de Feynman contenidas en estas memorias. El convencimiento útil para esta época que ha eclipsado y empobrecido la figura del profesor, ese gran invento de la humanidad, de que la docencia es la musa que despierta y hace andar los engranajes del saber; tanto del lado del profesor, como del de los estudiantes. Porque es esta antigua interacción la que fertiliza preguntas y reflexiones que mantienen vivo, sin dejar que se estanque, el impulso de investigar y de innovar, aunque “en el mundo real la innovación resulte muy difícil” por el enojo y la resistencia que provoca ser desalojados de ese falso edén de lo viejo conocido. En estas horas de poca estima por la docencia, Feynman nos recuerda que “es la enseñanza, y los estudiantes, lo que mantiene la vida en marcha, y por eso jamás aceptaré un puesto en el que alguien me haya inventado una feliz situación en la que no tenga que enseñar. Jamás”.

Para concluir, ¿Está usted de broma Sr. Feynman?, constituye un legado de sabiduría que como tal conserva incólume su lozanía y actualidad. De eso trata la aventura del conocimiento en cualquier campo, de alcanzar con la perspectiva de los años la cosecha satisfactoria del saber vivir que emana de estos recuerdos condensados en las memorias de Feynman. De ahí que en las artes de la escritura el género de las memorias sea el molde predilecto para dar forma a esa sabiduría y darla a conocer a los lectores. Aunque también es una escritura difícil que con facilidad puede derivar en narcisismo y ampulosidad. En especial cuando quien las redacta o edita no atina en el estilo ni en la temperatura interior a que debe cocinarse la escritura que hace memoria de lo vivido y leído. Quizás aquí estribe la explicación de por qué, incluso cuando hoy es uno de los géneros que más anaqueles llena en las librerías, muchos libros de memorias lleven en su destino la impronta del fracaso, en el sentido de que su brillo es más un artificio fugaz prodigio de la publicidad; y no un fuego que perdura encendido, cuya luz convoca a un público fascinado de lectores. En estas memorias de Richard Feynman publicadas por Alianza editorial, la hoguera continúa crepitante, a la espera de lectores que se acerquen a ella.

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