¿De dónde toma la inspiración el poeta? ¿Existen las musas?

Canta, oh, musa,

la cólera del pélida Aquiles.

Ilíada, Homero

 

“Canta, oh musa” es una forma clásica de la poesía épica para iniciar la narración del relato. Es, en sí misma, una invocación a la musa, la cual debe inspirar y guiar la empresa del poeta a través de las vicisitudes de la creación poética.

       Homero la utiliza en su famosa Ilíada, John Milton invoca al inicio de El paraíso perdido a la “la musa celestial” y Luis Vaz de Camões pide así a la musa en Los Lusíadas: “inspira inmortal canto y voz divina / en este pecho mortal que tanto te ama”.

       En la antigüedad griega, y posteriormente en la romana, la mitología reconocía la existencia de nueve musas, hijas todas de Zeus y Mnemosine, entre las que destacan Clío, la musa de la historia; Euterpe, la inspiradora de músicos; Polimnia y Calíope, musas de la rima y de la poesía épica, respectivamente.

       Sin embargo, desde aquellos remotos tiempos hasta la actualidad, la idea de la musa ha estado inevitablemente unida a la figura femenina. Dante no sólo dedica su Vida nueva a su amada Beatriz, sino que ella será la causa y el motivo para que el poeta cruce la selva oscura del Infierno, las aguas intermedias del Purgatorio y los aires diáfanos del Paraíso. Petrarca años después también le escribirá a Laura, amor imposible del poeta italiano, e incluso después de la muerte de ésta, él continuará escribiendo versos de adoración a aquella musa.

musas dos (1)

       Esto último nos lleva a pensar si es imprescindible que el poeta y su musa amada estén juntos para que el verso nazca encarnada en la forma de una mujer llamada Beatriz o Laura o Lesbia o María o cualquier nombre. No necesariamente. Manuel Acuña se despide de Rosario antes de abandonarse a las tinieblas del suicidio de esta manera:

[…] adiós por vez última,

amor de mis amores,

la luz de mis tinieblas,

la esencia de mis flores,

mi lira de poeta,

mi juventud, adiós.

      La emotiva dedicación de este nocturno conduce a la confusión común de que el poema lleva precisamente por título “Nocturno a Rosario”. La presencia de la musa ausente se liga inseparablemente al mito del poema. Salvador Díaz Mirón, otro gran poeta mexicano, tiene un sinfín de textos desamorados en cuyos títulos abundan femeninos nombres; Gloria, Lilia, Margarita, Déltima, o simplemente se nombran A ella, A una dama, etc. Algunos críticos aseguran que en realidad todas ellas son en realidad una sola mujer, amor frustrado de la juventud de Díaz Mirón.

       Es pues, ¿la musa la que inspira al poeta?, o por el contrario ¿la ausencia de ésta es más fértil para la labor creadora? Si vemos la situación con un ojo un poco más propio del romanticismo, la soledad es la auténtica musa. Hegel, en su Poética llama al poeta “el genio de los pueblos”, pues lo considera un ser humano capaz de asimilar en su persona todas las alegrías, dolores e ideas pertenecientes a su época y su cultura.

      Tal vez la musa, intangible como toda fuerza superior al humano, es algo semejante: una serie de emociones, ideas, pensamientos y sentimientos comunes a toda una cultura, y que se materializan en el silencio que el escritor escucha, en la soledad humana o en la mujer a la que se ama.

      Quizá el concepto de una musa, ideal y semilla de la que brota el genio poético no es sino una invención más de los poetas, una forma de embellecer la realidad de la creación artística.

musas uno (1)

      Mito, realidad o fantasía, el concepto de musa en la actualidad parece haber caído en desuso tanto por los críticos literarios como por los creadores mismos. Los avances tecnológicos, la aparente eliminación de las barreras socioeconómicas por la globalización comunicativa y una sociedad cada vez más deshumanizada por el consumismo voraz son tal vez factores que han contribuido al deterioro de las artes, a la reducción de poetas y prosistas y, por consiguiente, a la paulatina desaparición de la musa.

      Es menester, desde las diferentes trincheras literarias, preservarla de la extinción o el olvido; no vaya a sucedernos como al triste poeta descrito por Paulina Dávila Velázquez, quien borracho se pregunta y responde a sí mismo:

¿En dónde están esas musas, las que

habitaban un cielo en compañía de los poetas?

[…] Dejaron de serlo, tienen hijos, están casadas,

están llenas o en clímax.

Ya no saludan a los poetas, ya no contestan

sus poemas con canciones tangibles.

[…] ¿Y la musa?

No sé, nunca lo supe en realidad. Pensé

que existía, pensé que la sentí, imaginé su voz

sobre mi frente, imaginé que había nacido un

ser que pudiera amarme.

Me mentí, soy un borracho.

Por Iván Zurita

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