Lee GRATIS “Al otro lado”, el best seller policiaco del año

La novela Al otro lado de Michael Connelly es una de las más esperadas para los amantes de la novela negra. Se ha cometido un asesinato brutal, una mujer apareció muerta en la cama de un expandillero. El acusado, sin embargo, es inocente y sólo el policía retirado Harry Bosch puede encontrar al verdadero asesino. Te dejamos un adelante que te dejará con ganas de leerlo todo.

Capítulo 4

Bosch consiguió dejar de pensar en la oferta de Haller durante la mayor parte del fin de semana. El sábado acompañó a su hija al condado de Orange para que ella pudiera visitar su futura facultad y hacerse una idea de la zona. Comieron tarde en un restaurante al borde del campus que lo servía todo en waffles y después fueron a un partido de besol de los Angels en el cercano Anaheim.

      Harry se reservó el domingo para trabajar en la restauración su motocicleta. La tarea que le esperaba sería una de las partes más vitales del proyecto. Por la mañana, desmontó el carburador de la Harley, limpió todas las piezas y las dejó a secar en unos periódicos viejos sobre la mesa del comedor. Antes ya había comprado un kit de reconstrucción en Glendale Harley y tenía todas las juntas y arandelas nuevas que necesitaba. El manual de reconstrucción Clymer advertía que si colocaba mal una junta, dejaba un tornillo de regulación sucio o manejaba mal cualquiera de una docena de cosas al volver a montar el carburador, toda la restauración sería en balde.

        Después de comer en la terraza de atrás, con jazz en el equipo de música y un destornillador de estrella en la mano, Bosch volvió a la mesa. Examinó con atención las páginas del manual Clymer una vez más antes de empezar a desandar los pasos que había seguido al desmontar el carburador. Tenía el John Handy Naima, la oda de Handy a John Coltrane de 1967. Harry la consideraba una de las mejores actuaciones de saxofón grabadas en directo.

       Bosch fue siguiendo el manual paso a paso y el carburador enseguida empezó a tomar forma. Al ir a coger el tornillo regulador se fijó en que estaba encima de una foto del antiguo gobernador, con el cigarro apretado entre los dientes y una amplia sonrisa en el rostro al pasar un brazo en torno a otro hombre, al que Bosch identificó como un antiguo miembro de la Cámara Baja de East Los Angeles.

      Se dio cuenta de que la edición del Times que había extendido era un número viejo que quería conservar, porque contenía un reportaje de política clásico. Unos años antes, en sus últimas horas en el cargo, el gobernador había usado su potestad de indulto para reducir la sentencia de un hombre condenado por matar a otro. Resultaba que era el hijo de un colega de la Cámara Baja. El hijo había participado con otros en una pelea con un apuñalamiento fatal, pero se arrepintió cuando el juez lo condenó a entre quince y treinta años en la prisión del estado. El gobernador, ya en su camino de salida al final del mandato, redujo la pena a siete años.

       Si el gobernador pensaba que nadie se fijaría en su último acto en el cargo, se equivocó. Se armó una gorda con acusaciones de amiguismo, tratos de favor, política de la peor ralea. El Times publicó un amplio reportaje en dos partes de todo el sórdido capítulo. A Bosch le ponía enfermo leerlo, pero no tanto como para reciclar el periódico. Lo guardó para leerlo una y otra vez y recordarse la política del sistema judicial. Antes de presentarse al cargo, el gobernador había sido estrella de cine y estaba especializado en representar papeles de héroes extraordinarios, hombres dispuestos a sacrificarlo todo por hacer lo correcto. El exgobernador había regresado a Hollywood, tratando de volver a ser estrella de cine. Pero Bosch había decidido que ya no vería ninguna de sus películas, ni siquiera en la televisión gratuita.

       Los pensamientos de injusticia suscitados por el artículo del periódico hicieron que Bosch se desviara del proyecto del carburador. Se levantó de la mesa y se secó las manos en el trapo que guardaba con sus herramientas. Tiró el trapo al suelo al recordar que antes extendía sobre la mesa expedientes de casos de homicidio y no piezas de motocicleta. Abrió la puerta corrediza que daba al salón y salió a la terraza para contemplar la ciudad. Su casa en voladizo sobre la ladera oeste del paso de Cahuenga le brindaba una vista panorámica que se extendía por encima de la autovía 101 hasta Hollywood Heights y Universal City.

       La 101 iba cargada de tráfico que se movía en ambas direcciones por el desfiladero. Incluso un domingo por la tarde. Bosch se alegraba de no formar parte de ello ya desde su retiro. El tráfico, la jornada laboral, la tensión y la responsabilidad de todo eso.

        Pero también sabía que era una sensación de falsa alegría. Sabía que, por más estresante que fuera, ese río de acero y luz que avanzaba despacio era su lugar. Sabía que, en cierto modo, lo necesitaban allí abajo.

       Mickey Haller había recurrido a él en la comida del viernes sobre la base de que su cliente era un hombre inocente. Eso por supuesto tendría que demostrarse. Pero Haler había omitido la otra mitad de esa ecuación. Si de verdad su cliente era inocente, había un asesino suelto al que nadie estaba buscando. Un asesino taimado hasta el extremo de tender una trampa a un inocente. A pesar de sus protestas en el restaurante, ese hecho molestaba a Bosch y no se lo había quitado de la cabeza durante todo el fin de semana. Era algo que le costaba olvidar.

       Sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número de su lista de favoritos. La llamada fue contestada después de cinco tonos por la voz de Virginia Skinner.

      —Harry, estoy con el cierre, ¿qué pasa?

     —Es domingo, ¿qué estás…?

     —Me han llamado.

     —¿Qué pasa?

     —Sandy Milton estuvo implicado anoche en un atropello con fuga en Woodland Hills.

     Milton era un concejal conservador. Skinner era periodista de política del Times. Bosch entendía por qué la habían llamado un domingo. Lo que no entendía era por qué ella no había llamado para decírselo y tal vez recurrir a él para preguntarle a quién debería llamar en el Departamento de Policía de Los Angeles para tratar de conseguir detalles. Eso subrayaba para él lo que había estado ocurriendo en su relación durante el último mes más o menos. O más bien lo que no había estado pasando.

     —Tengo que colgar, Harry.

     —Bien. Lo siento. Te llamaré después.

     —No, te llamaré yo.

     —Vale. ¿Todavía vamos a cenar juntos hoy?

     —Sí, bien, pero voy a colgar.

     Skinner cortó la llamada. Bosch entró otra vez en la casa para sacar una cerveza del refrigerador y mirar sus existencias. Determinó que no tenía nada con lo que tentar a Virginia para que subiera a la montaña. Además, su hija volvería de su turno de prácticas en el programa Police explorer alrededor de las ocho y podría resultar raro con Virginia en la casa. Ella y Maddie todavía estaban en las primeras fases de conocer sus límites.

      Bosch decidió que cuando llamara Skinner, le ofrecería encontrarse en algún sitio para cenar en el centro.

      Acababa de abrir una botella y poner un CD de importación de Ron Carter grabado en el Blue Note de Tokio cuando sonó su teléfono.

     —Eh, si te has dado prisa…

   —Acabo de entregar el artículo. Es sólo una columna lateral sobre las implicaciones políticas de Milton. Richie Mojacamas me llamará dentro de diez o quince minutos para la edición. ¿Es suficiente tiempo para que hablemos?

    Richie Mojacamas era su editor, Richard Ledbetter. Lo llamaba así porque era joven e inexperto —ella le sacaba más de veinte años—, pero insistía en intentar decirle cómo hacer su trabajo y cómo escribir sus artículos y una columna semanal sobre política local, que Ledbetter quería llamar blog. La situación entre ellos pronto llegaría al enfrentamiento, y aBosch le preocupaba que Virginia fuera la vulnerable, porque su experiencia se traducía en un salario mayor y por lo tanto en un objetivo atractivo para dirección.

     —¿A dónde quieres ir? ¿Algún sitio del centro?

     —O cerca de tu casa. Tú eliges. Pero no indio.

     —Claro, indio no. Deja que lo piense y tendré un plan cuando estés cerca. Llámame antes de que llegues a Echo Park. Por si acaso.

     —Vale. Pero oye, hazme un favor y saca unos artículos de un caso.

     —¿Qué caso?

     —Hay un tipo al que detuvieron por asesinato. Un caso de la policía de Los Angeles, creo. Se llama Da’Quan Foster. Quiero ver…

    —Sí, Da’Quan Foster. El tipo que mató a Lexi Parks.

    —Sí.

    —Harry, es un caso grande.

    —¿Qué tan grande?

    —No hace falta que te saque artículos. Entra en la web del periódico y escribe el nombre de la víctima. Hay un montón de artículos por quién era ella y porque a él no lo detuvieron hasta un mes después de los hechos. Y no es un caso de la policía de Los Angeles. Es del Departamento del Sheriff. Ocurrió en West Hollywood. Mira, tengo que colgar. Richie acaba de hacerme la señal.

    —Vale, voy…

    Había colgado. Bosch se guardó el teléfono en el bolsillo y fue a la mesa del comedor. Levantando el periódico por las esquinas, apartó a un lado las piezas del carburador. Luego sacó su laptop del estante y la encendió. Mientras esperaba que arrancara, miró el carburador encima del periódico. Se dio cuenta de que se había equivocado al pensar que restaurar la vieja motocicleta podía ocupar el lugar de otras cosas.

    En el equipo de música, Ron Carter estaba acompañado por dos guitarras que tocaban un tema de Milt Jackson titulado Bags’ groove. Hizo que Bosch pensara en su propia rutina y en lo que se estaba perdiendo.

    Cuando la computadora estuvo lista. Bosch abrió la web del Times y buscó el nombre de Lexi Parks. Había 333 entradas en las que se mencionaba el nombre de Lexi Parks, que se remontaban seis años, mucho antes de su asesinato. Bosch lo redujo al año presente y encontró veintiséis artículos ordenados por fecha y titular. El primero era del 10 de febrero de 2015: «Apreciada subdirectora de West Hollywood hallada muerta en la cama».

    Bosch examinó las entradas hasta que llegó a un titular con fecha del 19 de marzo de 2015: «”Cabecilla” pandillero detenido por el asesinato de Parks».

    Bosch retrocedió y abrió el primer artículo, calculando que al menos podría leer el relato inicial del asesinato y el de la detención antes de ir a buscar el coche para dirigirse al centro.

    El informe inicial del asesinato de Lexi Parks hablaba más de la víctima que del crimen porque el Departamento del Sheriff había desvelado muy pocos detalles sobre el asesinato. De hecho, todos los pormenores contenidos en el informe podían resumirse en una frase: Parks había muerto a golpes en su cama y fue encontrada por su marido cuando este regresó a casa de su trabajo en el turno de medianoche como agente del sheriff de Malibú.

     Bosch maldijo en voz alta cuando leyó la mención de que el marido de la víctima era un agente. Eso convertiría la posible participación de Bosch en la defensa en un agravio todavía mayor entre las fuerzas policiales. Haller había omitido oportunamente ese detalle al instar a Bosch a examinar el caso.

     Aun así, continuó leyendo, y descubrió que Lexi Parks era una de los cuatro subdirectores municipales para West Hollywood. Entre sus responsabilidades los departamentos de Seguridad Pública, Protección al Consumidor y Relaciones con los Medios. Era su posición como principal portavoz del ayuntamiento y enlace de comunicación con los medios lo que explicaba la descripción de «apreciada» del titular. Parks tenía treinta y ocho años en el momento de su muerte y llevaba doce años trabajando para el ayuntamiento. Había empezado como inspectora inmobiliaria y había ido ascendiendo.

     Parks había conocido a su marido, el agente Vincent Harrick fue asignado a la comisaría de San Vicente Boulevard. Una vez que Parks y Harrick se comprometieron, Harrick solicitó que lo trasladaran de la comisaría de West Hollywood para evitar la apariencia de conflicto de intereses con ambos trabajando para el ayuntamiento. Harrick estuvo en primer lugar en el sur del condado, en la comisaría de Lynwood, y luego fue transferido a Malibú.

     Bosch deicidió leer el siguiente artículo que ofrecía el buscador digital con la esperanza de conocer más detalles del caso. El titular lo prometía: «Según los investigadores: El asesinato de Lexi Parks, un crimen sexual». El artículo, publicado un día después del primero, informaba de que los detectives de homicidios del sheriff estaban investigando el asesinato como un allanamiento de morada en el que Parks fue asaltada en su cama mientras dormía, agredida sexualmente y luego golpeada brutalmente con un objeto contundente. El artículo no decía cuál era el objeto ni si se encontró. No hacía mención de que se hubiera hallado ningún indicio en la escena del crimen. Después de que se revelaran estos escasos detalles de la investigación, el artículo pasaba a informar de la reacción al crimen entre aquellos que conocían a Parks y su marido, así como del horror que había causado en la comunidad. Se informaba de que Vincent Harrick había tomado una excedencia para afrontar el dolor provocado por el asesinato de su mujer.

     Después de leer el segundo artículo, Bosch volvió a mirar la lista de artículos y examinó los titulares. La siguiente docena, más o menos, no sonaban prometedoras. El caso permaneció en las noticias a diario y luego semanalmente, pero los titulares contenían muchas partículas negativas. «No hay sospechosos en el asesinato de Parks»; «Los investigadores, sin pistas en el caso Parks»; «West Hollywood ofrece cien mil dólares de recompensa en el caso Parks». Bosch sabía que salir con una gratificación equivalía a anunciar que no tenías nada y que te agarrabas a un clavo ardiendo.

     Pero, de repente, tuvieron suerte. El decimoquinto artículo de la lista, publicado treinta y ocho días después del asesinato, anunciaba la detención de Da’Quan Foster, de cuarenta y un años, por el asesinato de Lexi Parks. Bosch abrió el artículo y descubrió que la conexión con Foster parecía salida de la nada, un resultado obtenido con muestras de ADN encontradas en la escena del crimen. Foster fue detenido con la ayuda de un equipo de agentes del Departamento de Policía de Los Angeles en el estudio de artistas de Leimert Park, donde acababa de terminar una clase de pintura como parte de un programa extraescolar.

     El último elemento de información dio que pensar a Bosch. No encajaba con su idea de un cabecilla de banda. Se preguntó si Foster estaba cumpliendo con horas de servicio a la comunidad como parte de una sentencia penal. Continuó leyendo. El artículo decía que el ADN recogido en la escena del crimen de Parks se había introducido en una base de datos del estado y coincidía con una muestra tomada a Foster después de su detención en 2004 por sospecha de violación. Nunca se presentaron cargos contra él por ese caso, pero su ADN permaneció en el archivo de la base de datos del Departamento de Justicia del estado de California.

     Bosch quería leer más artículos de la cobertura informativa, pero se estaba quedando sin tiempo y deseaba ver a Virginia Skinner. Leyó un titular que se publicó unos días después de la detención de Foster: «El sospechoso del caso Parks había cambiado de vida». Abrió el artículo y lo miró por encima. Era un artículo de blog que sostenía que Da’Quan Foster era un miembro reformado de los Rollin’40s Crips que había enderezado su vida y estaba compensando a su comunidad. Era un pintor autodidacta que tenía obras colgadas en un museo de Washington D.C. Dirigía un estudio en Degnan Boulevard donde ofrecía programas extraescolares y de fin de semana a niños del barrio. Estaba casado y tenía dos hijos. Para equilibrar el artículo, el Times explicaba que tenía antecedentes penales por varias detenciones por drogas en los años noventa y una condena de cuatro años en prisión. No obstante, había salido en libertad condicional en 2001 y —aparte de su detención en el caso de violación, por el cual nunca se presentaron cargos— no había tenido problemas con la ley en más de una década.

     El artículo incluía declaraciones de muchos vecinos que expresaban o bien incredulidad por las acusaciones o sospecha directa de que a Foster de alguna manera le habían tendido una trampa. Nadie citado en el artículo creía que hubiera matado a Lexi Parks o que hubiera estado cerca de West Hollywood en la noche en cuestión.

     Por lo que había leído, Bosch no tenía claro si Foster siquiera conocía a la víctima del caso ni por qué había sido su objetivo.

     Harry cerró la laptop. Leería todos los artículos después, pero no quería dejar a Virginia esperándolo. fuera donde fuera que quería que se reunieran. Tenían que hablar. La relación se había tensado últimamente, en gran medida porque ella estaba ocupada con su trabajo y Bosch no había estado ocupado más que con la restauración de una motocicleta que era tan vieja como él.

     Se levantó de la mesa y volvió a su dormitorio para ponerse una camisa limpia y zapatos más bonitos. Diez minutos después iba conduciendo colina abajo hacia la autovía. Una vez que se incorporó al río de acero y pasó el desfiladero sacó su teléfono y se conectó el auricular para no infringir la ley. Cuando llevaba placa no se preocupaba por esas nimiedades, pero ahora debía abrocharse el cinturón y colocarse el auricular. Podrían ponerle una multa por hablar por el móvil mientras conducía.

     Supo por el sonido de fondo que había pillado a Haller en el asiento de atrás del Lincoln. Los dos estaban de camino a alguna parte.

     —Tengo preguntas sobre Foster —dijo Bosch.

     —Dispara —dijo Haller.

     —¿Cuál era el ADN? ¿Sangre, saliva, semen?

     —Semen. Un depósito en la víctima.

     —¿En o sobre?

     —Las dos cosas. En la vagina. En la piel, en el muslo derecho, algo en las sábanas después.

     Bosch condujo en silencio unos segundos. La autovía se elevaba al cruzar Hollywood. Estaba pasando por el edificio de Capitol Records. Lo habían construido para que se pareciera una pila de discos, pero eso fue en otros tiempos. Ya no había mucha gente que escuchara discos.

     —¿Qué más? —preguntó Haller—. Me alegro de que estés pensando en el caso.

     —¿Desde cuándo conoces a este tipo? —preguntó Bosch.

     —Hace casi veinte años. Era mi cliente. No era ningún ángel, pero tenía algo amable. No era un asesino. Demasiado listo o demasiado débil para eso. Tal vez las dos cosas. El caso es que dio la vuelta a las cosas y dejó la mala vida. Por eso lo sé.

     —¿Qué sabes?

     —Que no hizo esto.

     —He leído algunos de los artículos en Internet. ¿Qué pasa con la detención por violación?

     —Era mentira. Te mostraré el expediente. Lo detuvieron a él y a otros veinte tipos más. No tardaron ni un día en soltarlo.

     —¿En qué punto de la instrucción estás? ¿Te han dado el expediente del caso?

     —Lo tengo. Pero si te estás interesando en esto, creo que deberías hablar con mi cliente. Si lees el expediente vas a tener la otra versión del caso. No vas a…

     —No me importa. El expediente es la clase. Todo empieza y acaba en el expediente. ¿Cuándo puedo conseguir una copia?

     —Te la puedo preparar para mañana.

     —Bueno. Llámame y pasaré a buscarla.

     —Entonces ¿vas a hacerlo?

     —Sólo llámame cuando tengas la copia lista.

     Bosch colgó. Pensó en la conversación y en lo que estaba sintiendo después de leer los artículos de prensa. Todavía no había llegado a ningún compromiso. No había cruzado ninguna línea. Pero no podía negar que estaba acercándose a ella. Tampoco podía negar la creciente sensación de que estaba a punto de volver a la misión.

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